Historia de Ezequiel Gomez un motero sin piedad

Nacido en una familia chafa, con una jefa que se dedicaba al trabajo más antiguo del mundo y un jefe que no paraba de chingar, Ezequiel siempre cargaba un pinche coraje bien cabrón contra la vida que lo rodeaba. A la tierna edad de 12 años, mientras chalequeaba por las calles oscuras de su barrio, se topó con una bola de motociclistas echándose el rol por un bar. Estos rucos de las dos ruedas, al ver el pedo que Ezequiel traía por las motos, lo agarraron de volada y le echaron la mano, enseñándole todo lo que hay que saber sobre el rollo del club de motociclistas: desde cómo domar las chingonas máquinas hasta cómo echarles mano en la mecánica.

Entre el relajo y el desmadre de su familia jodida, Ezequiel encontró un respiro y una carnala en la banda de los motos. Esos güeyes curtidos por la vida se volvieron sus compas y sus carnalitos, echándole el paro y dándole la neta que nunca había tenido. Bajo su tutela, Ezequiel se convirtió en un chingón de las motos, encarando los pedos del camino con valentía y determinación, dejando atrás su pasado culero mientras aceleraba hacia un futuro lleno de libertad y camaradería.

En medio de la oscuridad y el caos que marcaba su hogar, Ezequiel encontró un rayo de esperanza y una familia en la hermandad de los motociclistas. Aquellos hombres rudos y curtidos por la vida se convirtieron en sus guías y protectores, brindándole el amor y el apoyo que nunca había conocido. Bajo su tutela, Ezequiel se transformó en un experto motociclista.

Cuando Ezequiel cumplió la mayoría de edad, los Moteros, su nuevo club, le dieron su parche en su cumpleaños, sin necesidad de pasar por la etapa de prospecto. Le echaban la mano por todos los años que les había ayudado y trabajado gratis a cambio de un techo y comida, eso fue su tiempo de prospecto. En el momento en que tomó el parche, le encomendaron su primera chamba para demostrar su compromiso total con el club: matar a sus jefes. Sonaba como un mal chiste, pero tenía un significado oculto bien cabrón. El presidente y sus compas moteros querían que cerrara ese pedo en su vida para poder seguir adelante, rompiendo esas cadenas que lo frenaban y no lo dejaban actuar con serenidad. Siempre estaba agresivo y visceral, y eso podía echarle a perder su futuro como miembro oficial del motoclub.

Ezequiel así planeó el asesinato de sus jefes. Con dudas y temores, se fue al bar donde chambaba su jefa, diciéndole que necesitaba hablar con ella. La llevó a casa y se encontró con el desgraciado ebrio de su jefe, que le gritaba insolente. “¿Cómo te atreves a venir después de escapar de esta casa sin pagar un centavo de todo lo que tu jefa y yo hicimos por ti, malagradecido?” El jefe de Ezequiel se le fue encima con una botella en la mano. Sin pensarlo, Ezequiel sacó su navaja y se la encajó en el pecho, mientras su jefa, aterrorizada y extrañada, lo miraba sin entender nada. “¿Por qué, maldito enfermo?” gritaba ella. Ezequiel le dio una patada en la cara y le apretó la garganta con su bota, viendo cómo se le iba la vida con cada respiro que daba hasta que sus ojos perdieron su brillo.

Horrorizado por lo que había hecho, Ezequiel empezó a tirar el alcohol que tenía su jefe en la casa, salió y le prendió fuego al lugar. Ahí se quedaron los fantasmas de su pasado, quemándose con todo y recuerdos.

Con el tiempo, Ezequiel ascendió a presidente, ya que lo querían casi como a un hijo. Pero, lamentablemente, cuando Ezequiel tomó las riendas del club, este estaba más jodido que un perro sin dueño. Los miembros desconfiaban unos de otros y con cada paso que daban, la chota les pisaba más los talones. Durante un intercambio de venta de armas, llegó la poli y, para salvar el pellejo, Ezequiel prefirió tirar su chaleco y echarse a correr rumbo al norte, a San Andreas, la ciudad prometida.

En el camino, se topó con un par de moteros que tenían el mismo rumbo, y con la promesa de encontrarse con ellos una vez más, se despidieron, con la intención de formar un nuevo motoclub, una nueva familia.

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