Historia de Manuel Cárdenas

Nombre Completo: Manuel Cárdenas
Edad: 23 años.
Lugar de nacimiento: Hidalgo, México.
Sexo: Masculino
Padre: Ariel Cárdenas
Madre: Citlali Mendoza

En un pueblito escondido entre montañas y maizales, nació Manuel Cárdenas en una familia sencilla, donde los sueños se tejían con hilos de trabajo duro y esperanza. Desde chico, Manuel mostraba ese brillo en los ojos que prometía grandes cosas, pero también traía en su sangre el fuego que ardía en cada rincón de México.

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Infancia

Su infancia fue como la de cualquier chamaco del barrio, correteando por las calles polvorientas, jugando al fútbol con los amigos y escuchando las historias de los mayores sobre los tiempos difíciles que vivía el país. Pero Manuel, aunque vivía rodeado de la violencia que a veces azotaba la zona, siempre se mantuvo firme en sus convicciones. No se dejaba llevar por los malos caminos.

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Cuando llegó el momento de entrar a la prepa, algo cambió en Manuel. Dejó atrás al niño bueno que era y empezó a caminar por la vereda del desmadre. Se juntaba con los chamucos del pueblo, se metía en problemas con los profes y hasta se ponía retos con otros morros para ver quién mandaba en la escuela.

Durante la secundaria

Manuel seguía su camino por la secundaria, siendo el chico que todos conocían como el que no se deja de nadie. Pero algo nuevo entró en su vida cuando comenzó a juntarse fuera de clases con unos cuates de su misma generación, unos verdaderos apasionados por las motocicletas choperas. Juntos formaron un equipo, una hermandad en la que la camaradería y la pasión por las motos los unía más que cualquier otra cosa.

Grupo de Amigos aficionados

Para la banda de Manuel, tener una moto era como un sueño lejano, algo que veían pasar por las calles pero que parecía estar fuera de su alcance. No tenían ni para el aceite de las ruedas, ¡imagínate para comprar una moto entera! Así que lo que hacían era mirarlas en la calle, admirarlas cuando estaban aparcadas afuera de los bares y soñar despiertos con el día en que tendrían una bajo el culo.

Trabajitos de chamaco

Pa’ sacar lana, se echaron una mano y empezaron a trabajar para un finquero del pueblo. Ese güey les enseñó de todo un poco, desde cómo ordeñar una vaca hasta cómo sembrar el maíz. Pero también les enseñó cosas que no estaban en el plan de estudios, como a pelear con la tierra pa’ que rindiera sus frutos y a manejar pistolas de bajo calibre, pa’ que estuvieran preparados por si se les ponía difícil en la vida.

Unos mesecitos de jale…

Con puro jale y sudor en la frente, Manuel y su banda se rajaron el lomo trabajando pa’ ese finquero. Cada peso que caía en sus manos era un sueño más cerca de volverse realidad. Y así, entre risas y sudor, después de mucho batallar, Manuel y unos cuates lograron juntar la lana suficiente pa’ comprarse una moto entre todos.
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Cuando por fin tuvieron esa máquina bajo sus traseros, dejaron de soñar y se convirtieron en los dueños de la carretera. Con el motor rugiendo y el sol brillando sobre sus cabezas, rodaban como verdaderos moteros, sintiendo la libertad correr por sus venas.

Culminó la secundaria, ¿y ahora que?

Después de un largo andar en la secu, Manuel y su banda por fin lograron culminar esa etapa de su vida. Algunos de los morros con los que se codeaban decidieron echarse pa’ Los Santos, en busca de nuevos horizontes y oportunidades. Pero Manuel y unos cuantos leales a él, tenían otros planes en mente.

Decidieron que era hora de echarse a rodar por todo el país, dejando atrás las fronteras del pueblo y buscando aventuras en cada kilómetro de carretera. Con las motos como sus fieles compañeras de viaje, se lanzaron a la carretera, con el viento en la cara y la emoción en el pecho.

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Dos meses después
¿Etapa Solitaria?

Después de tantas aventuras junto a su banda, Manuel sintió que era momento de tomar un camino diferente. Decidió que era hora de ser un poco solitario, de escuchar el rugido del motor sin más compañía que sus propios pensamientos.

Así que un día, sin decirle a nadie, agarró su moto y se lanzó a la carretera, solo él y el camino por delante. No fue fácil al principio, extrañaba las risas y las bromas de sus amigos, pero pronto se dio cuenta de que la soledad también tenía su encanto.

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Rumbo a lo desconocido

Después de dos meses recorriendo el país en solitario, Manuel había aprendido más de lo que imaginaba. Entre el ruido del motor y el silencio de la carretera, había encontrado su propia voz y había descubierto la fuerza que había en su interior.

Un día, mientras buscaba un lugar donde echar raíces por un rato, entró a un bar y se topó con unos chavos que tenían la mirada puesta más allá del horizonte. Hablaban de cruzar el charco “Los Santos”, de aventurarse más allá de las fronteras y descubrir lo que el mundo tenía guardado para ellos.

A Manuel le pareció una idea interesante. Después de todo, ya había recorrido cada rincón de México sobre su moto, ¿por qué no dar el salto y explorar nuevos horizontes? Así que sin pensarlo dos veces, se unió a esos chicos, listo para emprender una nueva aventura y descubrir lo que el destino tenía preparado para él al otro lado del charco.

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